Un garaje oscuro, luces de neón frías, decenas de pantallas con gráficos complejos: líneas ascendentes y descendentes, verdes, rojas, números en constante movimiento. Varios hombres en la penumbra, pegados a los monitores, visten con sudaderas negras con la capucha que les cubre la cabeza. Esta no es una imagen real, sino una instantánea de lo que el imaginario colectivo piensa que son los inversores en criptomonedas: unos frikis que siguen las montañas rusas de los precios y son capaces de ganar miles de euros en pocos minutos. El símbolo de la mera especulación.