Israel Vallarta se ha convertido en unas pocas horas en un hombre nuevo. El joven de 35 años que ingresó en la cárcel, torturado y sin horizonte, acusado de secuestro, ha visto hoy la calle, por primera vez en 20 años y sin conocer sentencia. Al teléfono se oye a un hombre feliz: “Imagínese, esto es un torrente, una cascada de emociones, es de no creer”, dice. Se le percibe entero, está rodeado de los suyos y hablando con los medios de comunicación. A este periódico le dedica unos minutos antes de irse a comer, “cualquier cosa que no sea comida de cárcel”. Vallarta, encarcelado junto a su antigua novia, la francesa Florence Cassez, que hoy vive en su país, fue el inopinado protagonista de uno de los asuntos más turbios de la policía y la justicia mexicanas, donde se dio la tortura, la fabricación de pruebas, las declaraciones cambiantes. Hoy, a sus 55 años, “canoso y con menos pelo”, se le ve contento, no puede ni quiere evitarlo.