La palabra “inclusión” se ha vuelto popular en los discursos empresariales. Está en los informes anuales, en las políticas institucionales, en las campañas internas. Pero más allá de los documentos, pocas compañías enfrentan con profundidad el reto de traducir esa promesa en estructura viva, en cultura laboral, en transformación concreta, especialmente cuando se trata de industrias tradicionalmente masculinizadas, como la energética.

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